El verdugo

abril 17, 2013 3 comentarios

La multitud agolpada en el mercado acusa al niño. Es lo fácil, piensa el verdugo observando impasible la escena. Es lo seguro. Mientras el culpable sea otro, ellos no corren peligro. Todos, al unísono, lo señalan con el dedo. El ladrón es él, gritan. Ha sido él, repiten voces graves y agudas que se solapan las unas con las otras.

El verdugo no duda. El populacho acierta incluso cuando se equivoca, se dice. Él es un tipo sin compasión ni miramientos. Ha de serlo, no le queda otro remedio, se convence. Hizo una promesa y la cumplirá, por encima de todo y de todos. Así que ahora observa al muchacho que implora mirando hacia arriba con ojos temerosos, suplicantes. Piden perdón, clemencia. Piden justicia.

El joven niega con la cabeza y hace gestos mostrando las palmas de las manos. No he sido yo, chilla desconsolado. Llora y se agita, trata de escapar. Pero apenas se le oye entre la multitud sedienta de sangre que lo agarra para que no huya. Lo juro, repite con voz quebrada el joven, lívido el rostro de puro terror.

El verdugo retuerce el gesto en una mueca de desprecio. El muchacho parece decir la verdad, es cierto. Sin embargo, piensa, tampoco fue él el culpable de aquello. Y aun así, tuvo que asumir un castigo injusto. Pagó caro por un delito que no había cometido, se dice meneando la cabeza y apretando los puños. Que paguen ahora los demás.

Los gritos de mujeres, hombres, ancianos y niños no cesan. ¡Castigo! 1Castigo! 1Castigo! Gritan enloquecidos. Alzan los puños y zarandean al muchacho. ¡Castigo! ¡Castigo! ¡Castigo! El verdugo sabe que no quedarán saciados hasta que alguien, culpable o no, pague por el robo. Nada les importa que se trate tan solo de un niño inocente. Por eso, el verdugo resuelve no demorar más la ejecución.

Suspira. Se lleva su mano derecha a la cadera izquierda y desenvaina su reluciente hoja de doble filo. El destello del arma es suficiente para que las manos que aferraban con fuerza al muchacho desaparezcan de súbito. Todos callan ahora. Cobardes, masculla el verdugo. Bajo su espada tan solo queda súplica, temblor, sollozo. Y un charco de orina que va creciendo y que huele a terror y muerte. Y a injusticia. El chico llora, suplica, patalea, se arrastra. Pero nada puede hacer. Nada. Él lo sabe. Todos lo saben. El verdugo alza la espada para cercenar la vida del joven inocente y cometer así otra injusticia. Otra más. Yo tampoco lo hice, musita justo antes asestar la estocada asesina. Yo tampoco.

 

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La carretera

noviembre 19, 2012 4 comentarios

Juan sujetaba el volante con ambas manos. Aferrándolo con firmeza, miraba al frente entrecerrando los ojos e inclinándose hacia la luna delantera. Intentaba ver a través de la trémula muralla de agua que se instalaba frente a él. Los limpiaparabrisas se balanceaban de un lado a otro a un ritmo frenético, pero no eran lo bastante rápidos como para permitirle ver con claridad. Con cada sacudida emitían un agudo chirrido y arrancaban de cuajo las gruesas gotas de agua que anegaban el cristal. Tras ellas, las luces del automóvil mostraban la porción de carretera más inmediata. Y más allá, oscuridad. La más absoluta y densa oscuridad.

Estremeciéndose por culpa de otro espeluznante trueno, Juan desplazó su mano y pulsó el botón de la radio. Le vendría bien distraerse para hacer más ameno el viaje. Aún le quedaban cincuenta kilómetros hasta su casa, y con la que estaba cayendo eso significaba un buen rato. Pisar el acelerador bajo esas circunstancias no era precisamente prudente. Y menos a esas horas.

Una voz grave emergió de los altavoces. Dejaba unos silenciosos segundos entre una palabra y otra. Sin duda, pensó Juan, era un locutor veterano. Subió el volumen. … ha afirmado esta mañana que solo dará ayudas a España si Rajoy pone en marcha más medidas de austeridad. La canciller alemana, Angela Merkel,… Juan arrugó la frente. Era lo mismo de siempre. Estaba cansado de oír la misma historia repetida un millón de veces. Sacudiendo la cabeza volvió a presionar el botón con su dedo, buscando otra emisora. Durante unos segundos, toda una serie de sonidos agudos, graves y estridentes taladraron su oído. Por fin, la señal se estabilizó.

Ahora la voz era femenina y melodiosa. Juan aguzó el oído. … una cifra récord en nuestro país. Nunca antes se había llegado a tener a casi seis millones de personas desempleadas… Juan chasqueó la lengua y maldijo por lo bajo, sin percatarse de que estaba solo y podía quejarse tan alto como quisiera. ¿Es que no existía manera de desconectar? Exhaló un lento suspiro. Maldita crisis. Lo intentaría una vez más, solo una. Si no encontraba algo entretenido que no hablara de lo de siempre, apagaría la radio. Según parecía, los truenos y relámpagos no eran tan malos compañeros, después de todo.

Otra retahíla de interferencias acompañó a la tercera búsqueda de emisora. Mientras la batahola penetraba en sus oídos, Juan se acercó un poco más a la luna delantera del coche. Su cabeza estaba casi a la altura del volante, y tenía la impresión de que su trasero se despegaría del asiento de un momento a otro. Abriendo y cerrando los ojos, trataba de ver la carretera. Pero cada vez resultaba más complicado. Las gotas golpeaban el cristal con furia, y los rápidos bamboleos de los limpiaparabrisas eran inútiles. El pie derecho de Juan presionó el freno, reduciendo ostensiblemente la velocidad del vehículo. La situación se había puesto peligrosa. Era mejor ir con cuidado.

Por fin, la radio sintonizó una emisora. Al mismo tiempo, el chaparrón comenzó a cesar. Aún llovía un poco, pero eran gotas ligeras y débiles. Juan se recostó en su asiento y suspiró. Demonios, pensó, por un momento se había preocupado. Durante los cinco meses que llevaba en aquel nuevo trabajo, nunca antes había padecido un temporal semejante. Encogiéndose de hombros, pensó que alguna vez le tenía que tocar. Y el destino había planeado que fuera aquella noche.

Pero todo parecía haber pasado. No solo había dejado de caer el diluvio universal, sino que además los altavoces del coche emitían ahora una melodía que conocía muy bien. Juan comenzó a cabecear al son de la música. Esbozó una sonrisa de satisfacción. Le encantaba aquella canción. Evocando aquellos días de adolescencia en que escuchaba aquella melodía todos los días, se dejó llevar y comenzó a cantar. Por fin algo de alegría para el cuerpo. El viaje estaba resultando ser más incómodo de lo habitual, pero todo parecía haber vuelto a la normalidad. Ya no había mares de agua que le impidieran ver la carretera, y además nadie le machacaría con aquella interminable y omnipresente crisis.

Sin embargo, la alegría no duró mucho. Al mismo tiempo que la radio perdía otra vez la señal, una densa y espesa niebla empezó a rodear el coche. Conforme el vehículo avanzaba, el paisaje se tornaba más y más denso e inescrutable. Juan frunció el ceño y volvió a presionar ligeramente el freno. Se acercó de nuevo a la luna delantera. Aquello no era normal. Llevaba cinco meses recorriendo el mismo trayecto con su vehículo, y nunca antes se había topado con tantos contratiempos. Y para colmo, aquella niebla era cada vez más alarmante. Tenía la sensación de estar adentrándose en una nube gigante de algodón. Bajó su mirada y observó que apenas distinguía ya la línea discontinua que separaba los dos carriles de la calzada. Además, el retrovisor le indicó que lo mismo sucedía por detrás. Todo era niebla. Se le aceleró el corazón. Cualquier cosa podía interponerse en su camino, ya fuera un coche, un camión, un animal o una persona. Y si aquello sucedía, no vería nada. Existía un riesgo alto de tener un accidente.

El coche avanzaba lento e inseguro. Juan notaba la humedad de la niebla penetrando en el vehículo. De algún modo, aquella espesa sábana blanca que lo cubría todo estaba logrando colarse en pequeñas porciones por algún resquicio del automóvil. La humedad llegó hasta Juan y comenzó penetrar en lo más hondo de sus huesos. Con un escalofrío que recorrió su cuerpo como una descarga eléctrica, Juan cambió varias veces las luces, pero ninguna servía para ver más allá de tres metros. No había manera de escapar de aquella niebla.

De súbito, Juan giró bruscamente su cabeza. Le había parecido oír un extraño sonido. Permaneció quieto, inmóvil. Aquel ruido, o lo que demonios fuera, solo podía venir de un sitio. Acercó el oído al altavoz de su izquierda. Un pitido, bajo pero muy agudo, salía de aquel aparato. Pero no era solo eso lo que había llamado su atención; había algo más. Cerró los ojos y suspiró. Tratando de relajarse al máximo, guardó silencio y aguzó el oído todo lo que pudo. Un susurro, una respiración suave que le cosquilleaba en el oído parecía perdida en alguna parte detrás de aquel agudo pitido.

Juan se apartó del altavoz dando un respingo. El corazón le latía con fuerza. ¿Qué demonios estaba pasando? Se estaba poniendo realmente nervioso. El temporal de lluvia, aunque no era habitual, entraba dentro de lo posible. Y lo mismo sucedía con las interferencias de la radio. Pero, ¿era normal una niebla tan espesa como aquélla? ¿Había sido real aquella respiración que había notado acariciar su oreja a través del altavoz?

Llenó sus pulmones de aire y los vació lentamente. Se estaba poniendo demasiado nervioso, tenía que calmarse. Era posible que la niebla fuera algo extraordinario, sí, pero no tenía por qué ser algo sobrenatural. Que él nunca hubiera visto un fenómeno como aquél no significaba que no pudiera producirse. Y en cuanto a aquella respiración que había oído e incluso sentido en su oreja… Bueno, tal vez era simple sugestión. Se acordaba de cuando era pequeño y pasaba miedo en su cama. Solía pensar que había espíritus en su habitación, y se lo creía con tanta fe que incluso llegaba a notar cómo le rozaban. Lo pasaba realmente mal, hasta que un día se percató de que se trataba tan solo de su imaginación. Juan sacudió la cabeza. Pues claro que era eso. Lo excepcional de la situación le había llevado a sentir cosas que en realidad no existían. Pura sugestión, nada más.

Con un gesto mucho más sereno, Juan resolvió que subiría el volumen. Unos simples pitidos no le asustarían. Sí, iba a comprobar que había sido él quien había sentido cosas que no existían. De modo que, sin apartar su mirada de la espesa niebla que todo lo cubría, los dedos índice y pulgar de su mano derecha sujetaron la pequeña rueda del volumen. Muy despacio, como a cámara lenta, giraron el botón hacia la derecha. El pitido fue haciéndose más y más audible, hasta transformarse en un ruido desagradable, estridente y ensordecedor. Juan arrugó el gesto. Aguantando el tipo, esperó unos instantes para cerciorarse de que lo que había escuchado antes no existía. Tras unos segundos soportando aquel agudo pitido que le taladraba el oído, Juan se convenció de que en ocasiones era mejor que no se fiara de sí mismo. Convencido de su extraña locura, decidió que ya había tenido suficiente. Pero cuando sus dedos iban a volver a actuar para que la paz reinase de nuevo en el interior del vehículo, algo pasó.

Una voz aguda se abrió paso entre el ruido de las interferencias. Con la boca abierta y completamente paralizado, Juan aguzó el oído. So… co… rro… El corazón le dio un vuelco. Parecía la voz de un niño. Juan se preguntaba si se trataba otra vez de su imaginación. Ojalá lo fuera, pensó. Sin embargo, obtuvo la respuesta de inmediato. Otras dos, tres, cinco voces se unieron a la primera y entonaron juntas la letanía. So… co… rro… So… co… rro… Juan contuvo la respiración sin ser consciente de que lo hacía. Había algo desesperado y agónico en aquellas voces. Parecían estar encerradas en algún macabro lugar, sin esperanza, sin vida, sin aliento. Como si estuvieran ahogándose bajo el agua pero aún pudieran hablar y hacerse oír de alguna manera. Juan cogió aire al percatarse de que había dejado de respirar hacía unos segundos. Tenía los pelos de punta y varias gotas de sudor comenzaban a brotar de su frente. Sin embargo, no apagaba la radio. Estaba quieto, paralizado, tenso. Era una estatua con vida. Pero quería saber más.

Se pasó el dorso de la mano por la frente y lo retiró empapado de sudor. Las voces de auxilio que en un principio parecían lejanas y distantes fueron acercándose más y más. Eran agudas y desesperadas; parecían niños suplicándole ayuda. Pero había algo que parecía impedirles chillar con todas sus fuerzas. Las voces se reproducían en el interior del coche como si éste tuviera decenas de altavoces instalados. Y todas repetían lo mismo sin cesar, con voz agónica y suplicante, una y otra vez: so… co… rro… so… co… rro…

El volumen continuaba subiendo, pero Juan no había tocado el aparato de radio. Meneó la cabeza, confuso y asustado. Respiraba con fuerza. Era increíble, pero tenía que admitirlo: había algo allí, y no era su imaginación. Eran las voces de unos niños encerrados en algún lugar. Se oían cada vez más alto. So… co… rro…, So… co… rro…, So… co… rro… Juan se llevó las manos a la cabeza y resopló mientras el vehículo avanzaba despacio entre la niebla. Nadie conducía en aquel preciso instante, pero no le importaba. Aquello era insoportable, y ya había tenido suficiente. Tenía que hacer algo, o iba a volverse loco de remate. Iba a acercar su dedo al transistor, pero su mano se detuvo a mitad de camino. Un sudor frío recorrió su espalda.

Porque al mirar al aparato se percató de que estaba apagado. Con las manos en la cabeza, miró a la radio de hito en hito y con gesto desencajado. ¿Desde cuándo llevaba apagado? ¡No! -chilló-. ¡Noooo! Respiraba de forma agitada, como un fuelle a pleno rendimiento. Parecía haber corrido una maratón. Sudaba profusamente y apenas era capaz de respirar. Y sin embargo, había estado todo el tiempo sentado.

Las voces continuaban. Agudas, chirriantes, macabras. Implacables. So… co… rro… Eran muchas; decenas de ellas. Niños y niñas sufriendo, agonizando, pidiendo auxilio. Inundaban el vehículo. Juan se tapó los oídos con las manos y cerró los ojos. No aguantaba más. Aquello era una locura. Iba a bajarse del coche allí mismo. No le importaban la niebla, el tráfico, ni cualquier otro peligro. Ya se las apañaría. Sería mejor bajarse que soportar aquella tortura. Su pie derecho presionó la palanca del freno, pero éste no se movió. Apretando los dientes, Juan volvió a pisar la palanca con todas sus fuerzas, pero continuó sin conseguir nada. ¡Joder! -chilló, golpeando el volante con el puño cerrado-. ¡Joder! ¡Joder! ¡Jodeeeeer! Mientras gritaba, pisaba el freno como un poseso, propinándole violentos pisotones y patadas. Pero no conseguía nada. Derrotado, se recostó en el asiento con las manos en la cabeza y la respiración agitada. Era imposible.

Pero no iba a rendirse. Suspirando, pensó que su única alternativa era salir de aquel infierno como fuera. Era mejor lanzarse a la carretera con el vehículo en marcha que aguantar allí dentro un segundo más con aquellas macabras voces.  Su mano izquierda sujetó la manilla y tiró de ella. Nada. Con las dos manos y echando su cuerpo hacia atrás, Juan apretó los dientes tiró con todas sus fuerzas, pero continuaba sin suceder nada. La puerta estaba atascada. ¡Mierda! -dijo, propinando un violento puñetazo a la puerta-. Una lágrima comenzó a resbalar por su mejilla derecha. ¡Mierdaaa! -repitió, desesperado-. ¿Qué iba a hacer ahora?

Las voces de auxilio continuaban corroyéndolo y enloqueciéndolo. So… co… rro… ¡Joder! -volvió a chillar, ahora agachado y con las manos agitando su pelo-. No podía creerlo. Estaba encerrado en su coche, rodeado de la niebla más densa que había visto jamás y escuchando por todas partes unas macabras voces infantiles que no paraban de atormentarle. Sudaba a chorros y el corazón le latía a mil. Temblando como dos trozos de gelatina, sus manos volvieron a sujetar el volante. Sus rostro estaba lívido, y sendas lágrimas descendían despacio como volutas por sus mejillas. Apenas pestañeaba, y su boca dibujaba una línea fina y recta. Se acabó, pensó. Era el fin. Se acabó.

Y de pronto, su gesto cambió. Un extraño brillo apareció en sus ojos, y una escalofriante sonrisa se dibujó en su rostro. Ja,ja,ja… -comenzó a reír, con la boca entornada y mirando al frente-.Su cuerpo se sacudía ligeramente ¡Ja,ja,ja,ja,ja! ¡Jaaa,ja,ja,ja,ja! Juan reía ahora a carcajadas, levantando la cabeza y abriendo la boca de par en par. So… co… rro… continuaban las voces. Pero Juan seguía riendo, y su cuerpo se sacudía de forma espasmódica con cada una de sus estentóreas carcajadas.

Su pie derecho pisó el acelerador, y de inmediato el coche se propulsó a toda velocidad. Otra sonora carcajada brotó de los pulmones de Juan, emergiendo por su boca. ¡Ja,ja,ja! Resultaba que aquello sí funcionaba. Ni el freno ni la puerta lo hacían. En cambio, el acelerador sí. ¡Ja,ja,ja! -volvió a reír-. Sus ojos parecían salírsele de las órbitas, y su boca permanecía abierta, componiendo un gesto retorcido y perturbador. Jadeaba con fuerza y miraba al frente sin pestañear. Estaba fuera de sí.

Juan presionó el acelerador con todas sus fuerzas. El rugido del motor apagó por un momento las incesantes voces de los niños. ¡Ya no os oigo!-chilló, con una tenebrosa sonrisa en la cara-.¡Ja,ja,ja,ja,ja! ¡No os oigooooooo! Al tiempo que decía esto, pisó el acelerador por última vez. Y cuando dejó de hacerlo, el vehículo se precipitó.

En mitad de la niebla, una última y sonora carcajada resquebrajó la quietud nocturna.

Y después, silencio.

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Los zombis españoles conquistan el mundo

noviembre 12, 2012 2 comentarios

Apocalipsis Z: El Principio del Fin.

Los zombis se han ganado un hueco en mi corazoncito. Nunca los desprecié, siempre estuvieron ahí, pero ni mucho menos me consideraba un fiel seguidor de los No Muertos. Eran uno más, como el vampiro o el hombre lobo. Gente simpática, con sus cositas, pero sin más. Y sin embargo, les he cogido un especial cariño. Os explico por qué.

A lo largo de las últimas semanas he estado enganchadísimo a la trilogía Apocalipsis Z, de Manel Loureiro. Y eso que comencé a leerla por simple curiosidad y sin plantearme devorar las tres partes, como he terminado haciendo. Solo quería saber de qué iba esto, pues la trilogía tenía muy buenas opiniones, sobre todo su primera parte. Se trataba de una historia de zombis que sucedía en España y que, decían, daba miedo de verdad. Contaban que era una historia cercana, verosímil y muy entretenida. En fin, que me seducía, así que le di una oportunidad y me sumergí en la lectura de la primera entrega. Y, como digo, para cuando quise darme cuenta ya estaba absolutamente prendado de la obra de Loureiro.

Comencé a leerla en el blog Mundocadaver. Como muchos sabrán, esta trilogía empezó como un blog en el que se nos contaba cómo se extendía una pandemia zombie. Nada nuevo, en realidad. De hecho, se trataba de un tema muy manido. Sin embargo, había algo diferente y peculiar en esta historia de zombies.

Y es que, a diferencia de lo que habíamos visto o leído hasta ahora, la pandemia no tenía lugar en Estados Unidos, o en lugares que la mayoría de nosotros desconocemos. No. La tragedia, el apocalipsis Z tantas veces narrado, sucedía en esta ocasión aquí mismo, a la puerta de tu casa o de la mía. Era algo que no se había contado hasta el momento. ¿Cómo reaccionaríamos en España? ¿Estaríamos preparados? Este particular enfoque pareció ser una de las claves del éxito. Porque aunque el abogado gallego comenzó a escribir, según cuenta, para desconectar de la literatura de abogados tan estricta y rigurosa que le exigía su trabajo, el blog, de una forma totalmente inesperada, tuvo tanto éxito que al poco tiempo ya contaba con muchísimos seguidores a través de la red. Tantos, que una editorial terminó publicando su obra en papel.

Claro que el hecho de que sucediera en España no fue la única característica que hacía diferente al libro. También la manera de contar las cosas era fundamental en esta novela. Apocalipsis Z: el principio del fin -que así se llama la primera entrega- nos permitía leer el blog de un abogado gallego de nombre desconocido. El ficticio bloguero nos iba narrando en primera persona todo lo que sucedía, y así veíamos cómo se propagaba la pandemia. Pero lo hacíamos a través de él, mediante sus ojos, sensaciones, emociones y sentimientos. Nos identificábamos con el personaje, al ser capaces de sentir todos sus miedos, sus angustias y sus inquietudes. Porque además era un tipo normal, un abogado que en absoluto estaba preparado para afrontar lo que se le venía encima. Podríamos ser cualquier de nosotros, y por eso la historia nos atrapaba desde la primera página.

Un autor con mucho presente y más futuro

Manel Loureiro.

Y así, tras el arrollador éxito de aquella primera novela que había comenzado como un blog, Manel Loureiro continuó con su carrera literaria. Lo hizo con dos secuelas que culminaron la trilogía que acabo de leer. Y si las palabras que -en mi humilde opinión- definen su primera obra son cercanía, lógica y miedo, con las continuaciones emplearé una en especial sobre todas las demás: evolución.

Cuando uno empieza a leer ‘Los días oscuros’ no tarda en percatarse de que algo ha cambiado. No he hecho más que decir bondades sobre ‘El principio del fin’, por lo que en absoluto desdeño esa primera parte. Es un libro que me transmitió intensas sensaciones. Pero como libro, como novela, como obra; como todo eso, pienso que la segunda y la tercera parte de la trilogía son mejores que la primera. Sobre todo la última.

‘Los días oscuros’ y ‘La ira de los justos’ son dos novelas que me transmitieron menos terror que ‘El principio del fin’, pero que me engancharon igualmente. Es curioso comprobar cómo en determinados foros de Internet se rechaza estas dos obras porque ‘dan menos miedo’ o ‘salen menos zombis’. Desde luego, a mí no me parecen argumentos de peso cuando son dos novelas que demuestran que  nos encontramos ante un escritor con mucho presente y más futuro todavía. Porque en muy poco tiempo ha sido capaz de evolucionar una barbaridad. O esa sensación me da a mí.

Comparadas con la primera, las secuelas son dos novelas con más cuerpo, con personajes mejor definidos y con más recursos literarios. Son trabajos más ricos en todos los aspectos. Y además demuestran que la imaginación de Loureiro está muy en forma. Es capaz de enredar muchísimo la trama, pero también da respuestas y al final todo termina encajando y teniendo sentido.  Y además… ¿os imagináis que estos dos libros fueran exactamente iguales que el primero y no ofrecieran ninguna novedad? Menudo rollazo sería, ¿no? Desde luego, yo no los leería.

En fin, que, como veis, los No Muertos se han ganado un huequito en mi corazón gracias al señor Loureiro. Pero si todavía no os he convencido para leer la trilogía, os informo que el autor gallego decía el viernes en Facebook que ‘Apocalypse Z: The Beginning of the End’ está en el TOP 5 de ventas totales americanas quince días después de salir a la venta en Estados Unidos. ¿No os parece una pasada? Pues sí, como lo veis: los zombis españoles han conquistado el mundo. Casi nada.

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La leyenda del ladrón, de Juan Gómez-Jurado

julio 10, 2012 5 comentarios

No sé ni cómo ni por qué has llegado hasta aquí, las posibilidades son varias. Sin embargo, ahora que te tengo no quiero dejarte escapar. No por unas líneas, al menos. Lo sé, soy consciente de que es difícil que leas el artículo completo. Lo más lógico, lo más habitual al menos, es que le eches un somero y rápido vistazo al primer párrafo. Y como es bastante probable que en breve abandones este blog, aprovecharé ahora que todavía me lees para decirte lo esencial, lo básico: tienes que leerte este libro.

Sí, hablo de la novela que da título a esta reseña: La leyenda del ladrón, de Juan Gómez-Jurado. Es la cuarta y última obra del joven autor madrileño y nos transporta a la Sevilla del siglo XVI. Y aunque 655 páginas no son pocas, las he devorado en apenas una semana. Así que ya ves, la novela engancha un rato. Quizás sea por su ritmo ágil y trepidante, o porque no dejan de suceder cosas a lo largo de toda la obra. O puede que sea por el carisma de sus personajes, de sus protagonistas y secundarios y, en general, de todos aquellos que nos acompañan durante esta gran aventura. Porque, aunque es posible que lo sepas o lo intuyas, todavía no lo he dicho: La leyenda del ladrón es la gran aventura de Sancho de Écija. De modo que, por el motivo que sea, o seguramente por todos ellos, resulta muy complicado soltar esta novela. Pero concretaré un poco más.

Sancho de Écija es un niño al que la vida le da unas cartas nefastas. En aquella Sevilla capital del mundo llena de ladrones, putas y truhanes, el joven pugnará y se rebelará para hacerse un hueco en un mundo en el que, igual que ahora, los poderosos sometían a los más desfavorecidos. Pero Sancho no es el único protagonista, porque también está Clara. Si las cartas del primero son malas, las de la joven son las peores que alguien puede tener. Y Clara, al igual que Sancho pero de otra manera, también luchará por sobreponerse a ese destino que se le ha marcado desde el primer día de su vida.

Con esta gran aventura viviremos por un tiempo, el que tardemos en devorarla, en la Sevilla del siglo XVI. Y es que la ambientación, trabajada al detalle, hará que nos sintamos en cualquiera de los callejones de aquella ciudad a la que llegaba el oro de las Indias. Los olores, las ropas, las inmundicias; todo ello nos permitirá contemplar con fascinación un apasionante retrato del ambiente de la época. Y mientras, la trama, lo que sucede a lo largo de las páginas del libro, no decaerá un solo instante, manteniendo la tensión durante prácticamente toda la obra.

Y poco más añadiré. Si he conseguido que llegues hasta aquí significa que no lo he hecho tan mal. Pero si de verdad quieres algo que te enganche y te haga pasar buenos momentos de aventuras y emociones apúntate este título: La leyenda del ladrón, de Juan Gómez-Jurado. Imprescindible.

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Las tres naves que se dirigen a la tierra

Fue hace dos semanas cuando me enteré. Mientras trabajaba diligente frente al ordenador, el locutor de la radio abordaba temas diversos. Ya se sabe, lo corriente y cotidiano: que si la crisis, que si el paro, que si los bancos… Yo no prestaba demasiada atención porque estaba a lo mío – uno que es un profesional xD -, pero alguna que otra palabra me llegaba. Y hablaban también de cuestiones como la psicología o los animales. Continuaba absorto, sin quitarle ojo a la pantalla. De cuando en cuando asentía o meneaba la cabeza. ‘Nada nuevo’ – me decía – , y seguía con mis tareas. Pero de pronto lo soltaron. Tranquilamente. Como quien dice que se va a comprar el pan. Como quien anuncia que se va dos semanas de vacaciones al país vecino. Que no cunda el pánico. ‘Tres naves nodrizas se dirigen a la tierra‘, dijo el locutor. – ¿Cómo? ¿Extraterrestres? – Se me aceleró el pulso. Pero había más. ‘Llegarán en diciembre de 2012 y son enormes, de un tamaño que abarca la distancia que hay entre Barcelona y Sevilla’. Toma ya. ‘Hablaremos de ello en el programa de la semana que viene’, concluyó con una sonrisa que se reflejó en el tono de su voz. Así, sin más. O sea, que en diciembre tres naves del tamaño de un país estarán en nuestro planeta, pero ya lo hablamos la semana que viene, si eso. Con calma. No pasa nada. Sin estresarse.

Y entonces me puse a pensar. ¿Cuánta gente entrará en esos cacharros? Unos cuantos, al menos. Comencé a sudar. ¿Aterrizarán o se quedarán flotando? Porque a ver dónde encuentran sitio para dejar semejantes armatostes… Si a mí me cuesta aparcar mi Aygo, no sé yo cómo demonios se lo van a montar estos seres/bichos/monstruos/marcianos que nos visitarán. ¿Haremos aparcamientos para ellos? ¿Les cobraremos? Seguro que ya hay algún que otro alcalde frotándose las manos. Menudo negocio van a hacer, como siempre.

Así que en todo eso pensaba mientras conducía hacia mi casa. Mi cabeza bullía, llena de preguntas y conjeturas. Y cuanto más pensaba, más preocupado estaba. Porque, claro, uno solo es capaz de imaginar a partir de cosas que ha conocido o experimentado de alguna manera, y yo no he visto un extraterrestre en mi vida.  Sí, de acuerdo, todos hemos conocido seres que podrían serlo, pero no lo podemos confirmar, ¿verdad?. De modo que el cine es el único medio a través del que he visto extraterrestres. Y acordarme de cómo eran no me ayudó.

Porque pasé una semana horrible. Indagué en Internet y, efectivamente, hallé un vídeo en el que se apreciaban tres bultos azules que, al parecer, se aproximaban a la tierra. Pero lo que a mí me importaba no eran esas manchas azules, sino lo que podían contener. ¿Serían aliens? ¿Predators, tal vez? ¿Los lagartos de V? Ninguna opción era buena. A ver quién tiene narices para acercarse a un alien, o a un predator, o a un lagarto… Y eso sin tener en cuenta lo feos que son, porque lo son todos ellos, y con ganas.

 

 

Horror, terror, pavor y miedo. Todo era estrés, sudores y nervios. No sabía dónde meterme. ‘Que llegue ya el próximo fin de semana y me aclaren esto, por dios’ – me repetía, nervioso-. Pero en lo más hondo de mi ser albergaba una pequeña esperanza: que los extraterrestres de aquellas naves fueran un fraude como, por ejemplo, los de la película ‘Señales‘ – sí, de esos que no pueden mojarse -. Y así, creyendo en esa remota posibilidad, llegué al día en que anunciarían lo irremediable.

De manera que ahí estaba yo, sentado, los labios apretados, los puños cerrados y el oído alerta, aguardando a que abordaran el asunto que decidiría el futuro de la humanidad. ‘Tenemos a un experto que va a explicar el tema’, dijo el locutor. ¡Por fin! Y el tipo comenzó a hablar y a decir cosas como ‘hay que ser muy cauto con estos asuntos’ y ‘no nos podemos fiar de la NASA‘. Tras una semana de infarto, imaginando a aliens y predators por las calles de mi barrio haciendo de las suyas, resulta que el experto venía a decir, grosso modo, que no había que creer todo lo que cuentan. Una semana esperando sus aclaraciones, todos los detalles de la operación, y al final todo quedaba en nada. Un alivio, un respiro, un desahogo. Nadie vendrá en diciembre. Seguiremos vivos.

En fin, que de todo aprende uno. Y, como decía aquel experto en extraterrestres, habrá que ser cauto antes de creerse lo que a uno le cuentan. De momento, voy a ver el informativo. Seguro que ahí nadie intenta meterme miedo, claro 😀

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Productos programados para fallar

Llevas tiempo deseando tener una, pero el dinero nunca te ha sobrado. Tras ahorrar unos meses, te has acercado a la tienda y le has señalado al vendedor la cámara que quieres. No necesitas mirar, ni preguntar, ni informarte sobre ningún detalle ni característica del producto; tú ya los conoces todos. Te has informado durante todo este tiempo y lo tienes claro. Quieres exactamente la que indicas al vendedor.

Así que ahora sales del establecimiento con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras sujetas con tu mano derecha la bolsa que contiene la cámara, piensas que, esta vez sí, va a tener una larga vida. Precisamente eso es lo que buscabas al elegir justo ese modelo. Una marca fiable, con reputación de hacer productos que dan buen resultado. Pero además, una cámara con buena lente, buen zoom, y todas esas cosas que, dicen, hacen que una cámara de fotos digital sea buena. Un desembolso, sí, pero justificado. Un gasto que amortizarás.

Piensas que esos dos años de garantía que ha mencionado el vendedor no son suficientes. La cámara que has comprado la usarás a menudo y durante mucho tiempo. Te acompañará en tus viajes y tus cenas, en tus fiestas y tus bodas, en tus partidos y tus conciertos. Por eso, llevaste a cabo una buena labor de documentación acerca de las marcas y sus modelos; y por eso, has decidido adquirir ese modelo en concreto. Y es que, piensas, la diferencia entre un producto de marca conocida y otro de marca desconocida es abismal. Lo barato termina saliendo caro, te dices. Y, salvo extraño contratiempo, esta cámara te durará mucho más que esos dos años de garantía.

Pero te equivocas, aunque no lo sabes. Igual que no sabes que muchos productos se fabrican para estropearse de manera repentina. Porque si te dura demasiado la industria no vende, y si no hay ventas, la industria, dicen, no ‘crece’ como debería. De modo que cuando, a los 18 meses de comprar la cámara, ya no te funciona, comienzas a plantearte que quizá lo apropiado sea adquirir otra. Al fin y al cabo, una reparación no compensa porque sale demasiado cara. Mejor pagar un poco más y tener uno de esos últimos modelos que quedarán obsoletos en poco tiempo.

Y así se reinicia el bucle. Crees que, otra vez, has tenido mala suerte con la cámara que compraste. Pero vuelves a necesitar una, y empiezas a ahorrar de nuevo. Y el resto ya lo conoces.

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Ahí va un documental que explica todo esto y mucho más. Obsolescencia programada.

Las diez mejores músicas de Súper Nintendo

abril 28, 2012 11 comentarios

‘¿Y qué más da la música?’. Era la pregunta que a menudo nos hacían los defensores de la Megadrive cuando afirmábamos orgullosos que la Súper tenía mejores músicas. Y es que, como niños que éramos, defendíamos a capa y espada que nuestra consola era mejor; tenía que serlo, y lo decíamos alto y claro, una y otra vez. Pero ahí concluía la discusión, porque en esa pregunta que nos hacían iba implícito el reconocimiento de que llevábamos razón: la Súper Nintendo tenía las mejores bandas sonoras. De modo que no insistíamos. Y aunque nuestro amigo y rival tratara de convencernos de que las músicas no eran gran cosa, nosotros sabíamos que sí. ¡Vaya si lo eran!

De hecho, eran tan importantes que hoy es lo que mejor recuerdo de aquellos juegos a los que tanto tiempo dediqué. Ninguno de aquellos legendarios títulos habría sido lo mismo sin sus correspondientes melodías. Trepidantes, pegadizas o relajantes, nos sumergían de lleno en las aventuras que vivíamos a través de la pantalla mientras machacábamos los botones de aquel primoroso pad de la Súper. Pero, ¿cuáles eran las mejores músicas? ¿Las melodías de qué juegos de Súper Nintendo me marcaron más?

En este post recojo las que, bajo mi criterio, fueron las diez mejores músicas que pudimos escuchar en aquellos gloriosos años de la Súper. Como siempre, os invito a que participéis y propongáis vuestras favoritas. Ahí va mi listado:

10.- Super Soccer (Intro): que sí, que alguno se extrañará. Pero es que este juego significa muchas horas conociendo todos y cada uno de los entresijos de su pequeño mundo. Y mientras tanto,  sonaba la música de las selecciones que jugaban. Lo malo es que eran un poco repetitivas, pero tenían su magia. La intro rockera la sigo recordando con cariño.

 

 

9.- Super Mario World (Castle): el clásico por excelencia contaba con una buena banda sonora. ¿Quién no recuerda alguna de las míticas canciones de los juegos del fontanero de Nintendo? De entre todas, destaco la que escuchábamos en los castillos.

 

 

8.- Secret of Mana (Intro): tengo una espina clavada con este juego. Eran necesarias demasiadas horas para terminarlo, y nunca lo hice. Pero las músicas eran buenísimas, y es lo que mejor recuerdo. Os dejo mi favorita, la de la intro.

 

 

7- Star Fox (Corneria): un clásico, con buen ritmo y melodía. La banda sonora que acompañaba a aquellos revolucionarios poligonazos se convirtió en una de las mejores de la consola de Nintendo.

 

 

6-Castlevania (Simon´s theme): no podía faltar un Castlevania en un listado de músicas. Es algo en lo que siempre han destacado los juegos de esta gran saga. Y esta melodía de la Súper que pongo debajo la tengo grabada en mi memoria incluso desde antes de tener la consola, cuando veía entusiasmado un vídeo promocional. La boca se me hacía agua. Temazo.

 

 

5- F-Zero (Mute City): otro juegazo. Carreras galácticas de coches tan rápidos que no necesitaban ruedas, sino que flotaban. Turbos que te aceleraban hasta llegar a una velocidad hasta entonces imposible. ¿Y las músicas? Rápidas, vibrantes y con buen ritmo, nos inyectaban adrenalina a través de nuestro oídos mientras conducíamos sin quitar ojo de la pantalla. No podía faltar.

 

 

4- Street Fighter II: el clásico por excelencia de los juegos de lucha no debe su fama sólo a los mamporros que se propinaban los personajes. Además de los combos, los escenarios o la cantidad de personajes que se podía escoger, una de las virtudes más importantes del juego eran sus músicas. Cada personaje tenía la suya, y todavía hoy las recuerdo como si hubiera jugado ayer. Destaco las de Ken, Balrog y, por supuesto, la de Guile, mi favorita. ¡Sonic boom!:

 

 

3- Sunset Riders: ¡Qué temazo! Lo estoy escuchando y me entran ganas de jugar. El juego y su música no los descubrí en la Súper Nintendo, sino en la máquina que tenían en el bar de abajo. Me echaba una partidita de vez en cuando, pero era malo con avaricia y duraba más bien poquito. Afortunadamente, en la Súper pude jugar más y degustar las magníficas melodías de este título. Os dejo un link que ilustra perfectamente las diferencias que existían entre las músicas de Súper Nintendo y las de Megadrive. Sobran las palabras.

 

 

2- The legend of Zelda (Overworld theme): un himno. Todo aquel que tuvo una infancia feliz lo recordará. Una melodía que, como todo lo bueno, ha perdurado y se ha convertido en un clásico de las músicas de videojuegos.

 

 

1- Donkey Kong (Underwater): en aquel tiempo esto me parecía otro nivel, y ahora lo escucho y sigo pensando que es la mejor. ¿Por qué?  Escuchad y relajaos, hermanos:

 

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