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Archive for 21 mayo 2012

Las tres naves que se dirigen a la tierra

Fue hace dos semanas cuando me enteré. Mientras trabajaba diligente frente al ordenador, el locutor de la radio abordaba temas diversos. Ya se sabe, lo corriente y cotidiano: que si la crisis, que si el paro, que si los bancos… Yo no prestaba demasiada atención porque estaba a lo mío – uno que es un profesional xD -, pero alguna que otra palabra me llegaba. Y hablaban también de cuestiones como la psicología o los animales. Continuaba absorto, sin quitarle ojo a la pantalla. De cuando en cuando asentía o meneaba la cabeza. ‘Nada nuevo’ – me decía – , y seguía con mis tareas. Pero de pronto lo soltaron. Tranquilamente. Como quien dice que se va a comprar el pan. Como quien anuncia que se va dos semanas de vacaciones al país vecino. Que no cunda el pánico. ‘Tres naves nodrizas se dirigen a la tierra‘, dijo el locutor. – ¿Cómo? ¿Extraterrestres? – Se me aceleró el pulso. Pero había más. ‘Llegarán en diciembre de 2012 y son enormes, de un tamaño que abarca la distancia que hay entre Barcelona y Sevilla’. Toma ya. ‘Hablaremos de ello en el programa de la semana que viene’, concluyó con una sonrisa que se reflejó en el tono de su voz. Así, sin más. O sea, que en diciembre tres naves del tamaño de un país estarán en nuestro planeta, pero ya lo hablamos la semana que viene, si eso. Con calma. No pasa nada. Sin estresarse.

Y entonces me puse a pensar. ¿Cuánta gente entrará en esos cacharros? Unos cuantos, al menos. Comencé a sudar. ¿Aterrizarán o se quedarán flotando? Porque a ver dónde encuentran sitio para dejar semejantes armatostes… Si a mí me cuesta aparcar mi Aygo, no sé yo cómo demonios se lo van a montar estos seres/bichos/monstruos/marcianos que nos visitarán. ¿Haremos aparcamientos para ellos? ¿Les cobraremos? Seguro que ya hay algún que otro alcalde frotándose las manos. Menudo negocio van a hacer, como siempre.

Así que en todo eso pensaba mientras conducía hacia mi casa. Mi cabeza bullía, llena de preguntas y conjeturas. Y cuanto más pensaba, más preocupado estaba. Porque, claro, uno solo es capaz de imaginar a partir de cosas que ha conocido o experimentado de alguna manera, y yo no he visto un extraterrestre en mi vida.  Sí, de acuerdo, todos hemos conocido seres que podrían serlo, pero no lo podemos confirmar, ¿verdad?. De modo que el cine es el único medio a través del que he visto extraterrestres. Y acordarme de cómo eran no me ayudó.

Porque pasé una semana horrible. Indagué en Internet y, efectivamente, hallé un vídeo en el que se apreciaban tres bultos azules que, al parecer, se aproximaban a la tierra. Pero lo que a mí me importaba no eran esas manchas azules, sino lo que podían contener. ¿Serían aliens? ¿Predators, tal vez? ¿Los lagartos de V? Ninguna opción era buena. A ver quién tiene narices para acercarse a un alien, o a un predator, o a un lagarto… Y eso sin tener en cuenta lo feos que son, porque lo son todos ellos, y con ganas.

 

 

Horror, terror, pavor y miedo. Todo era estrés, sudores y nervios. No sabía dónde meterme. ‘Que llegue ya el próximo fin de semana y me aclaren esto, por dios’ – me repetía, nervioso-. Pero en lo más hondo de mi ser albergaba una pequeña esperanza: que los extraterrestres de aquellas naves fueran un fraude como, por ejemplo, los de la película ‘Señales‘ – sí, de esos que no pueden mojarse -. Y así, creyendo en esa remota posibilidad, llegué al día en que anunciarían lo irremediable.

De manera que ahí estaba yo, sentado, los labios apretados, los puños cerrados y el oído alerta, aguardando a que abordaran el asunto que decidiría el futuro de la humanidad. ‘Tenemos a un experto que va a explicar el tema’, dijo el locutor. ¡Por fin! Y el tipo comenzó a hablar y a decir cosas como ‘hay que ser muy cauto con estos asuntos’ y ‘no nos podemos fiar de la NASA‘. Tras una semana de infarto, imaginando a aliens y predators por las calles de mi barrio haciendo de las suyas, resulta que el experto venía a decir, grosso modo, que no había que creer todo lo que cuentan. Una semana esperando sus aclaraciones, todos los detalles de la operación, y al final todo quedaba en nada. Un alivio, un respiro, un desahogo. Nadie vendrá en diciembre. Seguiremos vivos.

En fin, que de todo aprende uno. Y, como decía aquel experto en extraterrestres, habrá que ser cauto antes de creerse lo que a uno le cuentan. De momento, voy a ver el informativo. Seguro que ahí nadie intenta meterme miedo, claro 😀

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Productos programados para fallar

Llevas tiempo deseando tener una, pero el dinero nunca te ha sobrado. Tras ahorrar unos meses, te has acercado a la tienda y le has señalado al vendedor la cámara que quieres. No necesitas mirar, ni preguntar, ni informarte sobre ningún detalle ni característica del producto; tú ya los conoces todos. Te has informado durante todo este tiempo y lo tienes claro. Quieres exactamente la que indicas al vendedor.

Así que ahora sales del establecimiento con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras sujetas con tu mano derecha la bolsa que contiene la cámara, piensas que, esta vez sí, va a tener una larga vida. Precisamente eso es lo que buscabas al elegir justo ese modelo. Una marca fiable, con reputación de hacer productos que dan buen resultado. Pero además, una cámara con buena lente, buen zoom, y todas esas cosas que, dicen, hacen que una cámara de fotos digital sea buena. Un desembolso, sí, pero justificado. Un gasto que amortizarás.

Piensas que esos dos años de garantía que ha mencionado el vendedor no son suficientes. La cámara que has comprado la usarás a menudo y durante mucho tiempo. Te acompañará en tus viajes y tus cenas, en tus fiestas y tus bodas, en tus partidos y tus conciertos. Por eso, llevaste a cabo una buena labor de documentación acerca de las marcas y sus modelos; y por eso, has decidido adquirir ese modelo en concreto. Y es que, piensas, la diferencia entre un producto de marca conocida y otro de marca desconocida es abismal. Lo barato termina saliendo caro, te dices. Y, salvo extraño contratiempo, esta cámara te durará mucho más que esos dos años de garantía.

Pero te equivocas, aunque no lo sabes. Igual que no sabes que muchos productos se fabrican para estropearse de manera repentina. Porque si te dura demasiado la industria no vende, y si no hay ventas, la industria, dicen, no ‘crece’ como debería. De modo que cuando, a los 18 meses de comprar la cámara, ya no te funciona, comienzas a plantearte que quizá lo apropiado sea adquirir otra. Al fin y al cabo, una reparación no compensa porque sale demasiado cara. Mejor pagar un poco más y tener uno de esos últimos modelos que quedarán obsoletos en poco tiempo.

Y así se reinicia el bucle. Crees que, otra vez, has tenido mala suerte con la cámara que compraste. Pero vuelves a necesitar una, y empiezas a ahorrar de nuevo. Y el resto ya lo conoces.

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Ahí va un documental que explica todo esto y mucho más. Obsolescencia programada.